La Coctelera

Españoles de España

21 Octubre 2006

Carlos V

Nacido en Amberes (en lo que ahora es Bélgica), en un momento en que la cristiandad ansiaba una regeneración y renovación espiritual de cara a 1500, comienzo de un nuevo siglo y nueva mitad de milenio. En sus Países Bajos natales, los Hermanos de la Vida Común y Erasmo de Rotterdam y sus compañeros del Humanismo cristiano buscaban por distintas vías la manera de volver a una forma más simple y pura de Cristianismo, desprovista de las corrupciones que se encontraban tanto en la Iglesia como en la sociedad civil. Paralelamente, el nombre de Erasmo nos hace recordar que ésta era una Europa barrida por los vientos de las nuevas corrientes del pensamiento y saber renacentista, con la mirada vuelta hacia el exterior, es decir, hacia nuevos mundos, incluido el Nuevo Mundo de América. El propio Carlos, criándose en los Países Bajos, donde convergían las nuevas influencias del Renacimiento y el Humanismo cristiano, adquirió algo de la curiosidad intelectual, el espíritu investigador práctico y los gustos estéticos de la época.
Carlos fue educado primero por Guillaume de Croy y luego por Adriano de Utrecht, obispo de Tortosa y futuro papa Adriano VI y por su tía la archiduquesa Margarita de Parma. Toda la educación del joven príncipe se desarrolló en Flandes y fue colmada de cultura flamenca, no obstante su ascendencia era austro-hispánica. Por lo cual se considera a la ciudad flamenca como su cuna.

En 1506 muere de forma prematura su padre, Felipe el Hermoso, y su madre, Juana I de Castilla fue presa de la locura, por lo que Carlos a tan sólo seis años era ya el potencial heredero no solo de los bienes de Castilla sino también de aquellos de Austria y de Borgoña.

El 5 de enero de 1515 en Bruselas, Carlos fue declarado mayor de edad y fue declarado duque de Borgoña. Fue apoyado por un consejo restringido del cual formaban parte los tutores mencionados anteriormente y el gran canciller Jean de Sauvage. Carlos también fue apoyado por Erasmo de Rotterdam, el cual, en una carta enviada a Tomás Moro, se mostraba perplejo acerca de las capacidades intelectuales del quinceañero.

Aunque, de hecho, Carlos nunca fue muy amante de los estudios, pues prefería las artes caballerescas y la caza. En tal grado que, siendo Rey de España, su lengua era el francés, y el español lo aprendió de manera superficial.

Carlos a lo largo de su vida llegó a ostentar, entre otros muchos títulos, los de rey de Aragón, rey de Castilla, de las dos Sicilias, archiduque de Austria, duque de Borgoña, de Brabante, y conde de Flandes, de Tirol y de Barcelona.

Tags: carlos, v, emperador

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16 Octubre 2006

La España Celtibérica

Las últimas teorías consideran que los Íberos llegaron a la Península Ibérica desde el Norte de África, asentandose fundamentalmente en la costa mediterránea y al sur, donde crearon diversas culturas de las que aún hoy se conservan restos arqueológicos de gran importancia. Entre ellas destaca la que relatos griegos llamaron de turdetanos o túrdulos y cuya ciudad fue Tartessos. Hoy está considerada como una tribu ibérica, que fundó un importante reino de gran cultura en el valle del Guadalquivir, al sur de España. Sobre el año 1.200 a.C. tribus celtas entraron en la península por el Norte, se establecieron en gran parte de su territorio asentandose y mezclandose con los íberos. Parece ser que las montañas en que vivía el pueblo vasco nunca fueron penetradas por ningún tipo de invasión, por lo que se considera el origen de esta población incierto, y de seguro muy antiguo, como su lengua, barajandose la posibilidad de que se tratase de una población pre-ibérica.

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16 Octubre 2006

Miguel Primo de Rivera

El 13 de septiembre de 1923 el Capitán General de Cataluña, Miguel Primo de Rivera se subleva contra el Gobierno y da un golpe de Estado con el apoyo de la mayoría de las unidades militares. La reunión prevista de las Cortes Generales para fechas inmediatamente posteriores con el objetivo de analizar el problema de Marruecos y el papel del ejército en la contienda, fue el detonante último de la sublevación. A esta situación se une una grave crisis del sistema monárquico que no acaba de encajar en un siglo XX marcado por la revolución industrial acelerada, un papel no reconocido a la burguesía, tensiones nacionalistas y unos partidos políticos tradicionales incapaces de afrontar un régimen democrático pleno.

Tras la crisis económica de 1927 acentuada en 1929, la violenta represión de obreros e intelectuales y la falta de sintonía entre la burguesía y la dictadura, la monarquía, cómplice, será el objeto en cuestión a partir de la unión de toda la oposición en agosto de 1930 en el llamado Pacto de San Sebastián. Los gobiernos de Dámaso Berenguer, denominado la dictablanda, y de Juan Bautista Aznar-Cabañas, no harán otra cosa que alargar la decadencia. Tras las elecciones municipales de 1931, el 14 de abril se proclama la Segunda República, dando así fin a la restauración borbónica en España.

Tags: primo, rivera, miguel

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13 Octubre 2006

Cristóbal Colón y las expediciones atlánticas.

La conquista de la Baja Andalucía amplió los intereses castellanos en el Atlántico, tradicionalmente volcados hacía su fachada norte, donde desde los puertos cantábricos se mantenían las relaciones comerciales con el norte de Europa. La conquista de Canarias, iniciada a finales del siglo XIV, quedó completada durante el reinado de los Reyes Católicos, la ocupación de la isla de La Palma por el capitán Alonso Fernández de Lugo en 1492-1493 fue para ello un hito importante. La vocación atlántica de Castilla se afirmó de esta forma, alarmando al reino de Portugal, cuyos intereses, tras la ocupación de las islas Azores, Madera y Cabo Verde, veían peligrar por la fortalecida Castilla. Los crecientes intereses atlánticos condujeron al marino genovés, Cristóbal Colón a la Corte castellana tras el rechazo de sus visionarios planes de abrir una ruta por occidente hacia las Indias por Juan II, rey de Portugal, en 1484. La acogida dispensada por los Reyes Católicos finalmente fue más positiva, a pesar de no ser el mejor momento pues la guerra de Granada estaba en su apogeo, los bajos costes de la aventura prometía, de ser ciertos los estrambóticos planes de Colón, pingües beneficios, ante la expansión atlántica del reino de Portugal emprendida por el infante Enrique el Navegante. Vencida la resistencia de las Juntas de Salamanca y Córdoba, merced al apoyo de un sector de la nobleza castellana y a los franciscanos de La Rábida, se organizó una precaria flotilla compuesta de tres naves y noventa hombres, que partió el 3 de agosto de 1492 del puerto de Palos. Tras repostar en Canarias, los tres navíos pusieron rumbo a Poniente el 9 de septiembre, 33 días después avistaron tierra en un islote del archipiélago de las Bahamas. Colón creyó hasta su muerte en 1505 haber llegado a las Indias, desechando las cada vez más fuertes evidencias a favor de la existencia de un nuevo Continente. Tras su regreso y entrevista con los Reyes Católicos en Barcelona, se organizó una nueva expedición, de mayor envergadura, compuesta de 17 buques pertrechados para la colonización de las nuevas tierras descubiertas. En 1493 arribó la segunda expedición a la isla bautizada como La Española (Santo Domingo-Haití). Por las capitulaciones de Santa Fe, Colón fue nombrado almirante, virrey de las tierras descubiertas y partícipe de los frutos de su explotación. Todavía llegaría a realizar dos viajes más, aunque tras su desastrosa gestión las nuevas posesiones americanas quedaron bajo la administración de la Corona.

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13 Octubre 2006

La cultura del Siglo de Oro.

La cultura del Renacimiento recibió la influencia del humanismo, el erasmismo, de las corrientes literarias de Italia y artísticas de Italia y Flandes. La llegada de la imprenta en la época del reinado de los Reyes Católicos favoreció extraordinariamente la difusión del pensamiento, la ciencia y la creación cultural, las elevadas tasas de analfabetismo, clásicas para la época, no fueron óbice para la expansión de las nuevas ideas o para la difusión de la cultura escrita, algunas de cuyas obras gozaron de un enorme predicamento social merced a la literatura de cordel y a la transmisión oral a través de las populares coplas de ciego. La censura, monopolizada por la Inquisición con la publicación del Índice de libros prohibidos, se centró particularmente sobre las obras de temática religiosa, con particular atención a las vinculadas a la reforma protestante y, por extensión, a las de carácter erasmista, la obsesión por la defensa de la ortodoxia católica extendió el brazo censor hacia las obras de tendencia mística o las relacionadas con la Biblia, cuya difusión en lengua vulgar fue prohibida. El celo inquisitorial llevó a colocar en el Índice toda clase de libros, científicos y filosóficos, literarios y religiosos, antiguos y modernos, hispanos y extranjeros. Hasta el punto que la producción mística de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y fray Luis de León estuvo en el punto de mira de la censura inquisitorial. A pesar de ello la cultura del Renacimiento en la Monarquía hispana vivió un gran momento creativo.

Durante el reinado de Carlos V el pensamiento reformista de signo erasmista proliferó en los territorios del Imperio, encarnado en el humanismo, merced a las simpatías con la que era visto inicialmente por el emperador, en la universidad uno de sus principales focos en la península se situó en la recién creada por el cardenal Cisneros, 1508, Universidad de Alcalá, frente al neoescolasticismo de la Universidad de Salamanca. Figuras descollantes del humanismo de raíz erasmista fueron Juan Luis Vives, los hermanos Alonso y Juan de Valdés, Fernán Pérez de Oliva o el médico Andrés Laguna, su influencia se proyectó más allá del reinado de Carlos V, ejemplo de ello fue Miguel de Cervantes. Con la reforma protestante y el movimiento de la contrarreforma surgido del Concilio de Trento, donde la Monarquía hispana jugó un papel de liderazgo aliado con el papado, el clima intelectual cambio significativamente durante el reinado de Felipe II, el neoescolasticismo de Salamanca impuso con claridad su liderazgo. En el campo de la filosofía la figura más relevante fue Francisco de Vitoria, introductor del neotomismo y, sobre todo, por sus obras de filosofía del derecho y filosofía política, en especial con sus obras De potestate civili, 1528, De iure belli y De indis, ambas de 1539, fue el fundador del derecho de gentes con su argumentación a favor de la presencia española en América. El otro gran filósofo fue Francisco Suárez, máxima figura de la escolástica moderna, donde destacaron sus obras Disputaciones metafísicas, 1597, y De legibus, 1612. Por su papel en el Concilio de Trento fueron importantes los dominicos Melchor Cano, sucesor en la cátedra de Salamanca de Francisco de Vitoria, y Domingo Soto. En el pensamiento político también destacaron Diego Covarrubias, Pedro de Ribadeneyra y, sobre todo, Juan de Mariana con su obra De rege et regis institucione, 1599. En el pensamiento económico ya hemos mencionado la importancia de la escuela de Salamanca en la fundamentación de la teoría mercantilista, destacando Martín de Azpilicueta y Tomás de Mercado, quienes desarrollaron la teoría cuantitativista de la moneda, así como el mercantilista Pedro Ortiz.

Las ciencias naturales también encontraron un amplio campo de desarrollo en las universidades y en las nuevas instituciones surgidas de la mano de la expansión geográfica de la Monarquía hispana, sobre todo con la creación de la Casa de Contratación de Sevilla, la Academia Matemática de Madrid y la Biblioteca de El Escorial. La realidad del imperio transoceánico impulsó la construcción naval, la navegación, la minería y la cartografía, para cuyo dinamismo fue imprescindible el conocimiento científico y la innovación tecnológica. En matemáticas destacó Pedro Sánchez Ciruelo, mientras el sistema copernicano en astronomía fue tema de atención en Salamanca, con importantes aplicaciones para la navegación o la reforma gregoriana del calendario, en la que participó activamente Pedro Chacón, en este campo destacaron los cosmógrafos y pilotos mayores de la Casa de Contratación de Sevilla, donde sobresalieron Martín Fernández de Enciso con su Suma de geografía que trata largamente del arte de marear, 1519, Pedro de Medina con su Arte de navegar, 1545, Martín Cortés con el Breve compendio de la esfera y de la arte de navegar, 1551, o Alonso de Chaves, Juan Escalante de Mendoza o el portugués Francisco Faleiro, entre otros. En el campo de la geografía también destacaron Pedro Esquivel, Juan de Villuga o Alonso de Meneses, estos tres últimos dedicados a la descripción geográfica de la Península. En el campo de la medicina la figura más descollante fue Miguel Servet, con sus trabajos sobre la circulación, publicados en su Christianismi Restitutio, 1553, condenado a muerte en la Ginebra de Calvino, destacando también en este campo los valencianos Pedro Jimeno y Luis Collado, introductores de la anatomía vesaliana, el erasmista Andrés Laguna, Juan Huarte de San Juan cuya obra Examen de ingenios para las ciencias, 1575, que conoció una gran difusión, fue pionera en los primeros desarrollos de la psicología. Sin olvidar la obra de los médicos y botánicos Francisco Hernández y Nicolás Monardes, con sus estudios sobre la flora americana y sus posibles aplicaciones farmacológicas.

Más conocida fue la explosión creativa en el plano literario, conocida como el Siglo de Oro. En poesía descollaron las figuras de Garcilaso de la Vega, fray Luis de León o Fernando de Herrera. En prosa la novela picaresca con el Lazarillo de Tormes, 1554, y el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, 1599-1604, alcanzaron las cimas de un género que marcó la literatura hispana. Mención aparte merece la figura de Miguel de Cervantes, cultivador de varios géneros como la novela de aventuras representada por Persiles y Segismunda, publicada póstumamente en 1617, la pastoril como La Galatea de 1585, o las de género picaresco como las novelas ejemplares, alcanzó con El Quijote, publicado en 1605, una de las cimas de la literatura universal, que puso fin con su genialidad a todo un género literario como la novela de caballerías que hasta entonces había gozado del favor del público, sentando las bases para la novela moderna. En el teatro destacaron Juan de la Encina, el portugués Gil Vicente, Juan de la Cueva o Lope de Rueda, mención aparte merece la figura de Lope de Vega, autor a caballo entre el siglo XVI y el XVII, autor de éxito en la época que cultivo también la prosa, como en la novela pastoril La Arcadia, 1598, o La Dorotea de 1632, la poesía como los poemas épicos La Dragontea, 1596, y La Jerusalén conquistada, de 1609, prolífico autor de comedias destacan entre otras Fuente Ovejuna, 1618, o El caballero de Olmedo. La literatura de naturaleza religiosa conoció un gran momento desde los Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola, 1548, fundador de la Compañía de Jesús, hasta el propio fray Luis de León con La perfecta casada, 1583, entre otras, o la producción de los místicos Teresa de Jesús, con sus Las Moradas, 1578, o Camino de perfección, 1583, y Juan de la Cruz, con sus Subida al Monte Carmelo, Noche oscura del alma, Cántico espiritual o Llama de amor viva, publicados póstumamente entre 1618 y 1627.

En arquitectura la influencia del renacimiento italiano se hizo sentir con fuerza ya con el plateresco, representado por la fachada de la Universidad de Salamanca, el clasicismo dejo su huella en el palacio de Carlos V en la Alhambra, de Pedro Machuca, y, sobre todo, en el monasterio de El Escorial de Juan de Herrera, o las catedrales de Granada de Diego de Siloé y la de Jaén de Andrés de Vandelvira, el Colegio de San Ildefonso –Universidad- de Alcalá de Henares de Rodrigo Gil de Hontañón, el palacio Arzobispal de Alcalá de Henares de Covarrubias o el Hospital Tavera de Toledo. En escultura destacó Alonso Berruguete, Juan de Juni, Bartolomé Ordóñez o Esteban Jordán. En pintura la influencia flamenca fue pronto compartida por la italiana, por encima de todos descolló Domékicos Theotocópoulos, El Greco.

Tags: cultura, siglo, oro

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13 Octubre 2006

Los Reyes Católicos

La llegada al trono de Castilla de Isabel la Católica, hija de Juan II de Castilla, nacida en Madrigal de las Altas Torres en 1451, no fue fácil, aunque su hermano Enrique IV la reconoció circunstancialmente como heredera en 1468 en el tratado de los Toros de Guisando, las opciones al trono de la hija de Enrique IV, Juana, conocida como la beltraneja, permanecieron intactas. En 1469 contrajo matrimonio en Valladolid con Fernando, hijo de Juan II de Aragón, nacido en Sos en 1452, sin conocimiento de su hermano el rey de Castilla, frente a la opción representada por el rey Alfonso de Portugal, dicha decisión tendría consecuencias transcendentales en el futuro. En diciembre de 1474 Enrique IV falleció. Isabel no perdió el tiempo, y sin el conocimiento de su esposo Fernando, se proclamó reina de Castilla en Segovia, donde se guardaba el tesoro real. Enterado Fernando regresó de Aragón rápidamente, mostrando su disgusto por una proclamación que le reducía a ser rey consorte, invocando la ley sálica, vigente en Aragón pero no en Castilla, en la que se establecía la preferencia por los varones frente a las mujeres para reinar, con ello la joven Isabel demostraba su fuerte personalidad. Las diferencias se solventaron mediante un acuerdo por el que ambos reinarían, acuñado en la divisa tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando. Con la muerte de su padre en 1479, Fernando heredó las posesiones aragonesas e italianas de la Corona de Aragón, equilibrando el poder entre ambos soberanos. Se produjo así la unión dinástica de las Coronas de Castilla y Aragón.

Sin embargo, la situación estaba lejos de la normalidad, las continuas divisiones de la época de los Trastámaras persistían en Castilla. La princesa Juana, hija de Enrique IV, contrajo matrimonio con Alfonso de Portugal, reclamó sus derechos al trono de Castilla, con el apoyo del rey Luis XI de Francia, enfrentado a Juan II de Aragón por los condados de Rosellón y Cerdeña. En la primavera de 1475 estalló la guerra por la Corona de Castilla, una guerra civil e internacional, por la implicación de los reinos de Aragón, Portugal y Francia. La victoria en Toro de las tropas de Isabel y Fernando selló el destino de la guerra y afirmó las pretensiones de Isabel al trono de Castilla, finalmente el tratado de Alcaçovas de 1479 sancionó la victoria de Isabel y Fernando, en el se sentaron las bases sobre el reparto del espacio marítimo de los reinos de Portugal y Castilla, establecido definitivamente en el tratado de Tordesillas de 1494.

Tags: reyes, catolicos

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23 Septiembre 2006

La armada invencible

La Grande y Felicísima Armada (más conocida como la Armada Invencible) fue el nombre que dio Felipe II a la importante flota que armó en 1588 para invadir Inglaterra. El envío por parte de Felipe II de esta flota, con la intención de invadir y controlar la política exterior inglesa (principalmente en lo referente a la piratería y la guerra de Flandes) supuso el comienzo de las hostilidades de una guerra en la que finalmente España se impuso a Inglaterra, al ganar esta un tratado de paz favorable en 1604. La supremacía española en los mares permanecería indiscutida hasta principios del siglo XIX, tras la batalla de Trafalgar.

La Armada española partiendo de Ferrol.
"Derrota de la armada invencible", pintura de Philippe-Jacques de Loutherbourg (1796).Debía mandarla el almirante de Castilla Don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, pero murió poco antes de la partida de la flota, siendo sustituido a toda prisa por el duque de Medina Sidonia.

La idea era recorrer el Canal de la Mancha y recoger en Flandes un ejército español de 30.000 hombres, que pasaría el canal en barcazas, protegidas por la flota, pero a poco de partir (julio de 1588) las tormentas hicieron que una parte de ella se separase del resto en el golfo de Vizcaya y fuera avistada por un barco inglés, que tuvo tiempo de dar la voz de alarma, mientras se reunía de nuevo la flota.

La Batalla
Apenas hubo zarpado la Armada, las galernas dispersaron la flota frente a La Coruña, empujando a algunos barcos hasta el sureste de Inglaterra, y a otros hacia el golfo de Vizcaya. Llevó más de un mes volver a reunir la flota. Por su parte, el duque de Medina-Sidonia, a quien Felipe II había encomendado el mando de la Grande y Felicísima Armada, por razones más políticas que militares tras la muerte de Álvaro de Bazán, aconsejó calurosamente al rey que desistiese de la empresa o que le relevase del mando. Es fácil comprender la desesperación del duque de Medina-Sidonia, quien había declarado de sí mismo "no soy hombre de mar, ni de guerra".

Al mismo tiempo, los ingleses enviaron a la desesperada una flota de guerra destinada a enfrentarse a la Gran Armada mientras ésta se hallaba amarrada en La Coruña, pero las condiciones meteorológicas eran tan malas, que los ingleses ni siquiera consiguieron llegar a España y hubieron de regresar a sus puertos.

El 2 de agosto de 1588, a la altura de Las Gravelinas, la Gran Armada tuvo su primera y única escaramuza importante contra una flota inglesa mandada por sir Francis Drake. Los ingleses volcaron toda su furia artillera sobre los españoles, y finalmente Drake envió varios barcos en llamas contra la flota española, que trataba de aislar al barco de Drake. Los ingleses intentaron detener a la Gran Armada hasta agotar totalmente su munición, pero tras constatar la superioridad y la potencia de fuego española, la flota inglesa se dio a la fuga, llevando nuevamente a Inglaterra noticias de una “Armada Invencible”. Con esto queda desmentida la teoría de la superioridad cañonera inglesa; los hechos históricos describen una actuación más típica de una flota inferior enfrentándose como buenamente podía a otra muy superior y más poderosa, con la esperanza de retrasar en la medida de lo posible la inevitable invasión de Inglaterra.

Éste fue el mayor enfrentamiento naval de la Grande y Felicísima Armada con la marina inglesa, resultando un barco hundido y trescientas víctimas por parte española, y barcos seriamente averiados y unos 200 muertos por parte inglesa. Resulta reseñable que los españoles no consideraron la puesta en fuga de la flota inglesa como una victoria naval, pues además de haber sufrido más víctimas, su objetivo durante el combate no era ya la destrucción de la flota inglesa, sino la captura de Francis Drake.

A estos hechos, siguieron las grandes dificultades de la Gran Armada para recalar en los puertos flamencos y un empeoramiento repentino de las condiciones meteorológicas en la zona, lo que llevó a la flota inglesa a recalar en sus puertos esperando un milagro, y a la dispersión de la flota española hacia el Mar del Norte y el Mar de Irlanda con los subsiguientes desastres y hundimientos en las abruptas y tormentosas costas británicas, que causaron un gran número de bajas entre los españoles.

Así pues, el desastre de la Grande y Felicísima Armada ha de ser considerado, desde un punto de vista objetivo, un gran fracaso español, y no una gran victoria militar inglesa, como tantos historiadores y cronistas anglosajones han pretendido durante siglos.

Se cuenta que a la vuelta de la Armada a España, Felipe II dijo: "Mandé a mis barcos a luchar contra los ingleses, no contra los elementos".

Tergiversaciones históricas
Quizá la primera y la más extendida de las tergiversaciones que sucedieron al desastre de la Armada, es precisamente la de traducir dicho desastre en una victoria militar inglesa.

El abandono de la pretensión de invadir Inglaterra por parte de la Grande y Felicísima Armada, se debe atribuir, principalmente a la muerte (probablemente envenenado por agentes ingleses) del genial almirante que había diseñado la Armada y que estaba destinado a mandarla, Don Álvaro de Bazán, y a la imposibilidad de utilizar libremente los puertos de Flandes, debido al levantamiento contra el dominio español de aquella zona.

La afirmación carente de base y comúnmente aceptada incluso en España hasta fechas recientes, de que la Gran Armada estaba formada por “navíos muy pesados, que habían sido derrotados por los navíos ingleses mucho más ligeros y con cañones de más alcance” ha sido calificada recientemente por diversos historiadores como un absurdo, ya que la flota fue diseñada por uno de los más notables marinos que hubiese dado España, vencedor de la batalla de Lepanto, la batalla de la Isla Terceira y experto en el combate naval oceánico. Diversos historiadores navales militares afirman que en principio, la Grande y Felicísima Armada estaba perfectamente concebida y diseñada para el propósito que se le había encomendado.

La Gran Armada, tuvo en todo momento una flota inglesa de barcos más ligeros precediéndola, cuya misión era informar a la Corona Inglesa de las evoluciones de aquella enorme fuerza de invasión. Fueron precisamente las tripulaciones de esta pequeña y audaz flota inglesa, las que añadieron el apelativo de “Invencible” a la Gran Armada. Así pues, en sus inicios, el adjetivo de "Invencible" no tenía las connotaciones irónicas que la leyenda negra española le ha añadido con posterioridad.

Parece ser que, en efecto, los barcos españoles eran de gran porte y peso, precisamente para obtener una mayor estabilidad de navegación y por consiguiente, mayor precisión en el tiro, cualidades muy adecuadas para el combate naval en las turbulentas aguas del Canal de la Mancha. Así mismo, los barcos estaban dotados de una artillería especial de gran calibre, potencia y alcance, servida por los mejores artilleros que pudieron reunirse. En efecto, la flota inglesa de seguimiento no pudo en ningún momento acercarse a la Gran Armada para hostilizarla o retrasar su avance. Parece lógico pensar que el invento inglés del tiro rápido no llegaba para contrarrestar la potencia y precisión de tiro de la flota española.

Otra idea que subsiste erróneamente, es que el fracaso de la Grande y Felicísima Armada supuso un desastre decisivo para España, a raíz del cual Inglaterra se consolidó como primera potencia naval, se dedicó con total éxito e impunidad al saqueo de las flotas de Indias españolas y sometió a todo tipo de humillaciones a la desastrada marina española. En realidad, ocurrió justo lo contrario. Como se ha mencionado previamente, el combate que la flota enviada por Felipe II sostuvo con la Royal Navy fue tan solo una de las primeras escaramuzas de una guerra intermitente que comenzó en 1585, y en la que España terminaría por imponerse a Inglaterra en 1604. España se recuperó muy rápidamente del desastre, y Felipe II mandó construir una nueva flota tomando nota de las innovaciones introducidas por los ingleses en la batalla de Las Gravelinas y aunándolas con la mayor experiencia española en la construcción de barcos. A partir de estos hechos y hasta el final de la guerra España derrotó a Inglaterra en la gran mayoría de los combates librados por ambos reinos, tanto en la mar como en tierra. Inglaterra permaneció a raíz de su enfrentamiento con España como una potencia marítima relativamente débil hasta mediados del siglo XVIII, cuando consiguió arrebatar el rango de segunda potencia naval a la marina francesa.

Por otra parte, si bien es cierto que los nuevos barcos españoles eran más ligeros que los empleados para conformar la Grande y Felicísima Armada, esto les proporcionó una agilidad que unida a la mejora del sistema de escolta de las flotas de Indias permitió repeler todos los ataques de los corsarios y piratas ingleses, holandeses y franceses con un éxito rotundo y sin precedentes. La constatación de las grandes mejoras introducidas se deriva del hecho de que España fue capaz de transportar con total éxito durante la década de 1590 tres veces más cantidad de oro y plata de América que durante las décadas anteriores. De hecho, una flota pirata inglesa al mando de John Hawkins envíada con el objeto de capturar la flota del tesoro española en 1590, fue totalmente derrotada por los buques de escolta.

Otra tergiversación bastante común relativa a este episodio histórico es la idea de que la flota inglesa era muy inferior en número de barcos y número de cañones a la española, y que a pesar de ello, los ingleses consiguieron con su pericia y astucia derrotar a la flota española. Esto es absolutamente falso, ya que en realidad, los barcos ingleses superaban en número a los españoles, a pesar de que la flota española superaba en tonelaje a la inglesa, y la flota española era, a priori, más poderosa. De hecho, la flota movilizada por la Royal Navy constaba de 226 barcos, frente a los 137 que componían la Grande y Felicísima Armada. En cuanto al número de cañones, ambas flotas contaban aproximadamente con el mismo número total de piezas de artillería (individualmente, los barcos españoles estaban mucho más artillados que los ingleses).

Siguiendo con otra de las tergiversaciones más extendidas, hoy en día es bien conocido el hecho de que los ingleses sufrieron menos bajas que los españoles en la batalla de las Gravelinas, y que los españoles, a su vez, sufrieron cerca de 10.000 bajas debido a un feroz temporal que los sorprendió bordeando las costas inglesas. Un hecho muy importante, y que al mismo tiempo es poco conocido, es que los marinos ingleses fueron a su vez diezmados por causas ajenas al combate, ya que unos 9.000 marineros ingleses fueron víctimas de sendas epidemias de tifus y disentería que estallaron a bordo de los barcos ingleses inmediatamente después del enfrentamiento con la flota española. Además, el ambiente en Inglaterra tras la batalla distó mucho de ser una algarabía de fervor patriótico y festejos por el fracaso de la invasión española que la mitología popular pretende. La realidad es que a la batalla, siguieron todo tipo de disturbios y enfrentamientos políticos provocados por las penalidades pasadas por los combatientes ingleses, que tardaron meses en cobrar sus sueldos debido a que la guerra llevó al borde de la bancarrota tanto a la corona española como a la inglesa.

La más curiosa de las tergiversaciones que implican el desastre de la armada española de 1588, es que con frecuencia es referido por historiadores anglosajones como un brillante ejemplo de la gran tradición defensiva inglesa que ha impedido, desde la invasión normanda del siglo XI, el desembarco en suelo inglés de cualquier fuerza hostil por poderosa que fuera. En realidad esto es totalmente falso. Obviando los fugaces desembarcos que marinos españoles llevaron a cabo en las costas inglesas por motivos de aprovisionamiento de urgencia, en julio de 1595 (siete años después del desastre de la Grande y Felicísima Armada), una flota compuesta por cuatro galeras españolas al mando de don Carlos de Amésquita, que patrullaba en aguas inglesas, desembarcó unos 400 soldados de los tercios en la bahía de Mount, en la península de Cornualles, al suroeste de Inglaterra para aprovisionarse. Las milicias inglesas que aglutinaban a varios miles de hombres, y que eran la piedra angular de la defensa inglesa en caso de invasión de tropas españolas, arrojaron las armas y huyeron presas del pánico. Los españoles tomaron todo lo que necesitaban y quemaron las localidades de Mousehole, Paul, Newlyn y todos los pueblos de los alrededores. Al final del día, celebraron una tradicional misa católica en suelo inglés, embarcaron de nuevo, arrojaron a todos los prisioneros por la borda, hundieron una embarcación de la Royal Navy que les había dado alcance y regresaron a España sin novedad, tras esquivar una flota de guerra al mando de Francis Drake y John Hawkins que había sido enviada para expulsarlos.

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23 Septiembre 2006

El Cid

Héroe nacional por excelencia Rodrigo Díaz, el Cid, el más universal de los burgaleses, encarna el prototipo del caballero con las máximas virtudes, fuerte y leal, justo y valiente, prudente y templado, guerrero y culto...

A pesar de la distancia que nos separa de su vida, conocemos con bastante exactitud su vida y obra. Mucha leyenda le rodea, pero, su figura ha sido estudiada con gran rigor por grandes especialistas, como Menéndez Pidal. Gracias a estas personas, conocemos la personalidad del caballero burgalés, los hechos que hicieron sus días, su vida familiar, y hasta su caballo y espadas son por todos conocidos.

Sus restos y los de Jimena, su esposa, descansan en el centro de la catedral de la capital de Castilla, Burgos, pero su espíritu está con nosotros aún presente.

II.- Biografía del Campeador.

Rodrigo Díaz nació en Vivar, pequeña aldea situada a 7 kilómetros de la ciudad de Burgos en 1043. Hijo de Diego Laínez, noble caballero de la Corte Castellana y de una hija de Rodrigo Alvarez. Descendiente es por línea paterna de Laín Calvo, uno de los dos Jueces de Castilla.

A los 15 años quedó huérfano de padre y se crió en la corte del rey Fernando I junto al hijo del monarca, el príncipe Sancho. Ambos crecieron juntos y trabaron buena amistad durante cinco años. También se educó en las letras y en las leyes, seguramente en el monasterio de San Pedro de Cardeña, lecciones que le servirían posteriormente para representar en pleitos al mismo monasterio y también al mismísimo Alfonso VI el cual confió al burgalés numerosas misiones diplomáticas en las que debía conocer perfectamente las leyes.

Entre los años 1063 a 1072 fue el brazo derecho de don Sancho y guerreó junto a él en Zaragoza, Coimbra, y Zamora, época en la cual fue armado primeramente caballero y también nombrado Alférez y "príncipe de la hueste" de Sancho II.

A los 23 años obtuvo el título de "Campeador" -Campidoctor- al vencer en duelo personal al alférez del reino de Navarra.

A los 24 años era conocido ya como Cidi o Mío Cid, expresión de cariño y admiración.

Con la muerte de Sancho II en el cerco de Zamora y tras la jura de Santa Gadea tomada por Rodrigo al nuevo rey castellano, Alfonso VI, la suerte del Cid cambió y su gran capacidad fue desechada por la ira y envidia del nuevo monarca.

En 1081 el Cid es desterrado por primera vez de Castilla. 300 de los mejores caballeros castellanos le acompañaron en tan difícil situación. Esta etapa duró unos 6 años los cuales fueron aprovechados por Rodrigo y sus hombres para hacer de Zaragoza su cuartel general y luchar en el Levante.

Vuelve a Burgos en 1087 pero poco duró su paz con el rey por lo que marchó de hacia Valencia donde se convirtió en el protector del rey Al-Cádir y sometió a los reyezuelos de Albarracín y Alpuente.

El almorávide Yusuf cruza en 1089 el estrecho de Gibraltar y el rey Alfonso pide ayuda al caballero castellano, pero por una mal entendido entre ambos surge una nueva rencilla entre el rey y su leal súbdito y el monarca le destierra por segunda vez en 1089.

En los diez años siguientes, la fama del Cid se acrecentó espectacularmente al contrario que el reinado del rey. En menos de un año el Cid se hizo señor de los reinos moros de Lérida, Tortosa, Valencia, Denia, Albarracín, y Alpuente.

En torno al 1093, matan a su protegido de Valencia Al-Cádir, ciudad que fue tomada por Ben Yehhaf. El Cid asedió durante 19 meses la ciudad y finalmente entró triunfal en junio de 1094.

Rodrigo se convirtió en el señor de Valencia, otorgó a la ciudad un estatuto de justicia envidiable y equilibrado, restauró la religión cristiana y al mismo tiempo renovó la mezquita de los musulmanes, acuñó moneda, se rodeó de una corte de estilo oriental con poetas tanto árabes como cristianos y gentes eminentes en el mundo de las leyes, en definitiva, organizó con grandísima maestría la vida del municipio valenciano.

Aún habría de combatir numerosas batallas, como la que el mismo año le enfrentó al emperador almorávide Mahammad, sobrino de Yusuf, el cual se presentó a las puertas de Valencia con 150.000 caballeros. La victoria fue total, tan grande fue el número de enemigos como grande fue el botín a ellos recogido.

En 1097 muere en la batalla de Consuegra su único hijo varón, Diego.

El domingo 10 de julio de 1099, muere el Cid. Toda la cristiandad lloró su muerte.

III.- El Destierro.

Al morir Fernando I (primer rey de Castilla), divide su reino entre sus hijos. A Don García le da Galicia, a Don Alfonso León, Castilla a Don Sancho y Toro y Zamora a Doña Elvira y Doña Urraca respectivamente. Sancho no contento con el reparto intenta unificar los territorios con la ayuda de su alférez El Cid.

Juntos lucharon en varias batallas, entre ellas, el duelo judicial o campo de la verdad en el que el Cid derrotó al navarro Jimeno Garcés obteniendo el título de Campeador. también lucharon en las batallas de Llantada y Golpejar, en las cuales vencimos y derrotando a los leoneses, Alfonso pierde la corona de León en favor de Sancho, rey de Castilla. También acompañó el Cid al cerco de Zamora, donde el rey Sancho fue asesinado a traición por Bellido Dolfos.

Por ser el Cid jefe de las tropas del rey Sancho y por sus conocimientos jurídicos en Derecho Castellano, fue el mismo quien tomó juramento en la Iglesia de Santa Gadea de Burgos, a Don Alfonso, de no haber tenido arte ni parte en la muerte de Don Sancho.

Debido a esta razón, entre otras seguramente, el nuevo rey de Castilla, Alfonso VI, destituyó a Rodrigo de su cargo y nombró Alférez real a García Ordóñez, pasando el Cid a un segundo plano en la corte.

Tras esto, el Cid tomó matrimonio con Jimena, hija del Conde de Oviedo, nieta de Alfonso VI y biznieta de Alfonso V el 19 de Julio de 1074.

En 1079, se dirige a Sevilla para cobrar los tributos (parias) del rey de Sevilla a Alfonso VI. Esta en ello cuando él y el rey de Sevilla fueron atacados por el rey de Granada y García Ordoñez. Las mesnadas del Cid consiguen vencer a los asaltantes y Rodrigo humilla a García Ordóñez en el castillo de Cabra, pero a la vuelta a Burgos, este último, y Pedro Ansúrez, desencadenan traición contra el Cid, consiguiendo que Alfonso VI le destierre, y prohibe a todos los burgaleses darle ayuda o aposento alguno, como así dicen los versos del Cantar:

" Ya entra el Cid Ruy Díaz por Burgos;

sesenta pendones le acompañan.

Hombres y mujeres salen a verlo,

los burgaleses y burgalesas se asoman a las ventanas:

todos afligidos y llorosos.

De todas las bocas sale el mismo lamento:

¡Oh Dios, qué buen vasallo si tuviese buen Señor! "
Mio Çid Roy Díaz por Burgos entrove,
En sue compaña sessaenta pendones;

exien lo ver mugieres e varones,

burgeses e burgesas por las finiestras sone.

De las sus bocas todos dizían una razóne:

" Dios, que buen vassallo, si oviese buen señore! "

IV.- El Cantar del Cid.

Ni el mismísimo Cid podía imaginarse la trascendencia de su vida tras su muerte. Todos los juglares de los siglos posteriores a su muerte contarían en forma de cantares de gesta su vida y sus hazañas, así como también inventarían su leyenda.

Varios son los escritos sobre el Cid, pero destaca sobremanera el llamado Cantar de Mio Cid (nótese que no es Poema sino Cantar, ya que como letra de una canción ha de ser tomado y no texto de poema).

Así pues, El Cantar del Cid, es una canción recitada por los juglares de aquellos tiempos medievales. El texto que nos ha llegado, es una transcripción de un copista llamado Per Abbat en un manuscrito (del s. XIV, conservado en la Biblioteca Nacional). Aunque hay quien opina que pudiera ser el autor y no mero copista.

El manuscrito, al igual que su "primo" de La Chanson de Roland, no es de gran belleza y contiene varias faltas, algunas corregidas, esto es debido a una finalidad de uso por parte de los juglares y no para más altos menesteres.

Es posible que ya existiera un primitivo Cantar del Cid en 1120, aunque piensan los expertos que no seria de contenido como el conservado hasta 1207.

Tags: cid

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